
Un buen jugador de póker debe contar con una serie de habilidades que exceden el conocimiento de las reglas básicas y las estrategias del juego. Entre estas habilidades hay una que destaca por su contenido psicológico. Debemos conocer a fondo quiénes somos para aprovechar lo mejor de nosotros. Pero también es necesario conocer los puntos débiles de cada uno.
En general, el mayor obstáculo para cualquier jugador de póker es la persona que ve en el espejo todos los días. Esa persona es una ser humano, los humanos tienen emociones, y las emociones son el enemigo número uno de todo jugador de póker.
Las emociones en el póker te harán hacer muchas cosas, pero también te frenarán para hacer otras tantas. Es aquí donde se hará necesario un trabajo individual serio y responsable. Habrá que ser honesto con uno mismo y plantearse las debilidades y fortalezas, sin ningún tipo de reparo. Conociéndonos a nosotros mismos, los oponentes no plantearán obstáculos mayores, ya que sabremos controlar nuestras emociones y así tendremos el mando sobre los juegos.
El ímpetu que nos invade en una buena mano puede ser nuestra ruina si no sabemos manejarlo de manera desafectada, es decir, dejando las emociones de lado. Será muy útil en estos casos observar la partida como si fuéramos un espectador ajeno al juego.
Intenta posicionarte como un comentador de tu propio juego, calculando cada movimiento hasta el último detalle, y sin dejarte llevar por las pasiones. Esto vale también para las manos menos afortunadas. Y mantén siempre presente que la única manera de ganar en el póker es con las emociones a tu favor.