
Son las mesas más difíciles de jugar. La primera recomendación es excluyente:
1. Realismo y limpieza con uno mismo. Ser AyA no es equivalente de vencedor ni da anuencia para jugar en todos los campos. Si el contrincante es bueno de verdad, lo más saludable es evitar encuentros con él, concentrándose en otros jugadores con estilos u horizontes asequibles.
¿Y si la mesa está combinada solamente por AyA muy buenos o, sin interesar el estilo, con un paralelismo que se sospecha óptimo al propio?
Si un individuo hecha mano a su voluntad para ser disciplinado con el objetivo conductor de ganar, la respuesta será muy sencilla: no hay que jugar en esa mesa. La intención no es competir ni demostrar nada; a uno ni a los demás. Por lo tanto, si en una mesa, como en cualquier otra circunstancia, se ha perdido ese margen que daba llevar la mejor parte, un buen jugador AyA no se sienta o de estarlo, se levanta y se va.
Un AyA, que se valore, no juega sin algo a su favor. El ego no se encuentra en juego ni en la ambición por competir. Ni nada. Método, todo permanece subordinado a ganar. Una vez enfrentados y superada esta primera y fundamental decisión de jugar en una mesa así, damos paso a las recomendaciones subsiguientes:
2. Soltarse. Hay que flaquear un poco las exigencias de apertura. Como sucede eternamente para mandar, ni en pesadillas para ver. Pero con las mismas moderaciones en las perspectivas tempranas. Desde estas posiciones el mismo rigor, y a medida que se aleja en la posición de la mano, el entretenimiento se va soltando.
Aunque parezca sorprendente, la adaptación en este caso remeda, lejanamente, al estilo suelto y agresor. Resumen: dejarlo cuando abre, sobre todo en campeonatos. Leer más…
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